(Tebeos históricos) Zipi y Zape

Estrenando sección especial en el blog nos metemos de lleno en “Tebeos históricos” donde iremos hablando de cuando en cuando de aquellas obras españolas a remarcar y a las que deberíais echar un ojo al menos en caso de que nos las conozcáis, ya que no está de más tener cierta cultura general y muchas veces precisamente por tanto mirar lo que viene de fuera uno puede perderse lo que se ha hecho aquí.

Como la encargada de estrenar esta sección soy yo, que me he criado precisamente con tomos de Olé, revistas varias de entre los años 50 y 90 y que aún lloro la pérdida de ese artista catalán que comenzó pintando graffitis en las paredes antes de ponerse a dar tumbos con sus tebeos y crear a sus queridos hijos entre los que destacan un par de gemelos que siempre me han hecho sonreír y con los que puede decirse que me aficione de una manera sobrehumana a la lectura a mis tiernos cuatro añitos de edad, no se me ocurre mejor opción que hablar hoy de los hermanos Zapatilla que no son otros que Zipi y Zape a los que seguro que todos os suenan en mayor o menos medida ya que además de sus historietas originales también han tenido juegos de pc (de aventuras gráficas), serie de animación y dentro de poco tendrán además su primera película en acción real ahora que parece que esto del noveno arte empieza a estar nuevamente algo mejor valorado después de que los quioscos se hayan quedado prácticamente sin revistas donde los autores puedan publicar sus obras, salvo por El jueves.

Aunque no lo parezca, las historietas de los gemelos más traviesos de todos los tiempos no siempre fueron iguales, ni tampoco sus diseños o el resto de personajes que aparecían por ahí.

Para empezar, el dibujo fue evolucionando -algo natural en muchos autores- y lo que al principio era en blanco y negro, más adelante fue pillando tonalidades hasta tener todo coloreado por completo aunque con unas viñetas siempre con un dibujo sencillo, sin apenas tramas y en el que se nota que, mayormente lo que importaba en la época de más trabajo de Escobar era el tener un número de páginas que entregar para llevarse el sueldo y con eso ir tirando sin separarse de los lápices, reglas y hojas de papel en un tiempo en el que esto de los ordenadores era casi algo de ciencia ficción.

Unos mínimos de calidad técnica exigida que podían quedar a veces sobrepasados por mucho si el autor estaba de buen humor o con mucho tiempo o simplemente le habían prometido un sueldo algo mayor y mayor protagonismo en la revista, algo que solía ser habitual en el padre de Zipi y Zape que llegó a tener publicaciones en un buen número de revistas, siendo superado solamente por Ibáñez (del que hablaremos otro día).

Con ironía y segundas lecturas metidas como buenamente se podía debido al filtro de censura tan latente en la época de Franco, las historietas no solían ser tan inocentes como parecía y se hacía bastante crítica y burla de la sociedad actual, dentro de unos límites por supuesto.

En distintas etapas y comenzando por unos gemelos con el pelo a cepillo, altos y delgados que cada vez fueron cambiando más su apariencia terminando por una melena como de león y siendo bajitos y rechonchos, Escobar fue haciendo siempre que todos los personajes, a pesar del paso de los años tuviera la misma edad, el mismo comportamiento y sobre todo fueran protagonistas de historietas sueltas que nunca estuvieran relacionadas entre sí y en las que los personajes siempre tuvieran el mismo papel, a pesar de que alguno cambiara ligeramente el nombre como en el caso del maestro que llegó a llamarse Cerín antes de pasar a conocérsele como Don Minervo o en el caso del primo de los Zapatilla al que se le conocía como Empollinez antes de quedarse definitivamente con el nombre de Sapientín.

Con temas recurrentes, historias prácticamente siempre cortas de entre las dos y las seis páginas y personajes de los más entrañables como Peloto, el “malo” del tebeo y que siempre tenía envidia de todo, manipulaba a los demás niños y hacía la pelota al profesor a la par que le chivaba cosas que había escuchado por ahí o con Los Plomez, esos vecinos tan pesados que los Zapatilla siempre fingían no estar en casa; teníamos historietas de lo más diferentes, aunque parecidas en el fondo en las que quedaban claras varias cosas, como que nuestros gemelos por más buen corazón que tuvieran siempre la liaban -a veces por querer ser creativos y otras porque no eran demasiado brillantes- y no eran pocas las veces que terminaban siendo perseguidos por su padre para recibir un castigo ni escasas las amenazas de acabar en el famoso cuarto de los ratones.

Zipi y Zape eran dos niños de unos diez años cuya ilusión era comprar una bicicleta y que, al ser tan malos estudiantes, solo conseguirían el día que llevaran buenas notas a casa para que su padre, Pantuflo, estuviera orgulloso de ellos mientras que su madre, en una familia de lo más clásica -y machista- se deslomaba por tener cada día las tareas del hogar y satisfacer a su marido sin descuidar que sus hijos se alimentaran correctamente y fueran limpios y aseados por la calle. Estos gemelos con los que tanto me he reído eran capaces de romper cristales de un vecindario entero sin querer al chutar su balón, de utilizar la Divina Comedia de Dante Alighieri para calzar mesas o para poder alcanzar a revistas de tebeos puestas en los estantes más altos, pero también se preocupaban siempre por ayudar a los ancianos a cruzar la calle, aunque muchas veces sus buenas acciones no salieran como ellos esperaban.

Quizás todo esto tan tradicional, tan bien hilvanado con personajes como Don Ángel o el Manitas o todos los que hacían posibles todas las historietas de Escobar que ya tenían un patrón muy definido fue lo que hizo que Cera y Ramos fracasaran cuando quisieron “resucitar a estos niños” en el año 2000, ya que le dieron un punto de vista demasiado personal y propio, interesándose ahora estos gemelos por las niñas, hablando en un lenguaje más macarrónico y con ordenadores y tecnología por medio. Yo, por supuesto, como fan de Zipi y Zape compré algunos números, pero no se parecía en nada su obra a la original, comenzando ya por el dibujo o los temas que se trataban, eso no era Zipi y Zape, era un tebeo completamente distinto que, si hubieran vendido como tal, igual no hubiera defraudado tanto.

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